Lector

12. Respuesta, homenaje a los MAESTROS

Hace tiempo que me apetecía escribir un artículo para recordar la importancia de los maestros y homenajear su trabajo y dedicación.

Dicen que hay que escribir de lo que se sabe, y yo sé de enseñar, de trabajar con niños con necesidades especiales -o como lo llamen ahora-, de motivar, de buscar habilidades escondidas y fomentarlas. Por eso, en este artículo, voy a hablar con conocimiento de causa, no sólo como alumna que seré toda mi vida, sino como maestra que también soy.

Para este artículo, tenemos que viajar en el tiempo, irnos a esa época en la que el maestro tenía más tiempo para hacer su trabajo bien hecho. Hoy en día, los políticos, esos seres que jamás han estado al frente de una clase, se empeñan en decir a los profesores cómo hacer su trabajo. En concreto, se empeñan en decirles cómo hacerlo mal. Eso sí, cuando el resultado es mediocre, la culpa es, cómo no, del profesor. Sí, estoy usando las palabras maestro y profesor, que sé que no son lo mismo, pero quiero dar cabida a todos.

Muchos de los grandes profesionales que hemos tenido han salido de las aulas de esos maestros que pudieron ver sus cualidades y pelearon para que las sacaran a la luz. En ocasiones, incluso aportaron su dinero y/o sus influencias. Médicos, maestros, abogados, escritores… No voy a decir muchos de ellos, pero al menos unos cuantos llegaron a alcanzar su sueño de la mano y la insistencia de su maestro. Digo insistencia porque algunas familias torcían el gesto cuando les decían que su hijo valía para estudiar. Eran familias que esperaban que sus hijos dejasen ya la escuela para ayudar en las tareas del campo, o que se pusieran a trabajar para aportar dinero en casa. Que alguien les dijese «déjale seguir estudiando» suponía un esfuerzo enorme por parte de la familia. Había que hacerles entender que, si estudiaba, podría tener un trabajo muy bien pagado y respetable. Era a largo plazo, sí, pero se conseguiría. Espero que esos profesionales y sus familias supieran agradecer la confianza que el maestro puso en ellos.

Hoy en día, en países como el nuestro, donde la educación ha dejado de ser un privilegio para convertirse en un derecho que muchos se atreven a menospreciar, situarse en los entornos que te comento puede resultar un esfuerzo imaginativo. Hemos devaluado tanto lo que significa tener educación y sus beneficios, que incluso maltratar a los profesores se ha convertido en algo habitual por parte de padres y alumnos. Vergonzoso, triste, inadmisible.

Los que nos educamos en la EGB y anteriores recordamos el respeto hacia los maestros que nuestros padres nos enseñaban no sólo con palabras, sino con ejemplos de comportamiento. En los pueblos, el maestro -en singular porque sólo había uno- era respetado por todos y su palabra era escuchada incluso por el alcalde. Eran tiempos en los que “ser estudiado” se valoraba. Bueno, no se valoraba en sueldo, eso no ha cambiado mucho.

Voy a parar aquí porque, si sigo hablando de los cambios en educación y de los valores perdidos, me voy a ir cabreando más y más en cada línea y os voy a poner a todos a copiar quinientas veces «a los maestros hay que respetarlos porque la educación es lo más importante».

Para responder a la pregunta de esta semana, empezaré hablando de un niño que nunca conoció a su padre porque no había cumplido un año cuando lo perdió en la Primera Guerra Mundial. Ese niño creció con su madre, que era analfabeta y ni siquiera pudo leer la carta en la que le notificaban la muerte de su marido. En la casa también vivían su hermano mayor y su abuela, interesada en que sus dos nietos dejasen ya el colegio y se pusieran a trabajar. Nadie en casa era lector ni interesado en la literatura. Ese crío creció en una familia pobre, en un barrio pobre de Argel, sin libros ni un entorno propicio para iniciarse en la escritura.

A pesar de su futuro poco o nada prometedor, ese niño tuvo la suerte de poder ir a la escuela. Allí, su maestro, Louis Germaine, se dio cuenta del potencial del chaval y dedicó los siguientes años a sacarlo a la luz y brindarle todas las oportunidades posibles. Enfocado en que hiciese el bachillerato, le acompañó al examen de ingreso después de limpiarle los zapatos y hacerle desayunar, le esperó hasta conocer el resultado e hizo todo lo posible para que le concediesen una beca. Lo consiguió.

El niño, de nombre Albert Camus, se convirtió en escritor y filósofo, llegando a ganar el premio Nobel en 1957. En su discurso, recordó primero a su madre y después a su maestro. También le escribió una carta para agradecer todo lo que hizo por él.

«Querido señor Germain:

Esperé a que se apagara un poco el ruido de todos estos días antes de hablarle de todo corazón.

He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted.

Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza no hubiese sucedido nada de esto.

No es que le dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser un alumno agradecido.

Un abrazo con todas mis fuerzas,

Albert Camus»

Conocí la historia de Albert Camus en las últimas páginas del libro «Memorias de la pizarra», de Carmen Guaita. Un libro fácil de leer y que nos recuerda lo que significaba ser maestro en tiempos durante la guerra civil, la postguerra y la dictadura española. Es una recopilación de entrevistas a nueve antiguos maestros y está llena de vocación y de esas historias de triunfos a pesar de entornos de pobreza.

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