Anti-Consejos, Escritor

Anti-Consejo: Nombres

Si Frankenstein se hubiera llamado Timmy, no habría tenido el mismo impacto. Si el nombre de Escarlata O’Hara hubiese sido Maripuri O’Hara, en lugar de jurar que nunca volvería a pasar hambre, podría haber jurado por Snoopy que se compraría otro bolso. Sí, el nombre original es Scarlett, pero, en España, ha sido siempre Escarlata.

Como lector, puede que no te hayas dado cuenta de la importancia de los nombres. Lees la historia, vas conociendo a los personajes, sus nombres no estorban, no “chirrían”. Todo fluye porque todo encaja. Es como la música de las películas: si está bien hecha, ni te das cuenta de que está ahí, pero la escena no sería lo mismo sin ella.

Como escritor, sabes que escoger el nombre adecuado para cada personaje es muy importante y le dedicas mucho tiempo. A veces, ese nombre aparece a la vez que el personaje, llegan juntos al principio de la historia. Otras veces, empiezas llamándole X, A, B, 1, 2, o con nombres provisionales, y lo haces así porque necesitas identificarlos de alguna manera hasta que encuentres ese nombre que le quede como anillo al dedo. Puede que la propia historia te lo sugiera, aunque sea al final del segundo borrador. En algunas ocasiones, tendrás que pensar incluso el apellido o su apodo.

El nombre, como el resto de características, debe ajustarse al personaje.  Si no es así, hay que explicar por qué, y hay que explicarlo rápido, a no ser que eso sea parte de la trama y no se pueda desvelar en las primeras páginas.

El Juanillo de nuestro Anti-Relato es un tipo grande, de más de cuarenta años. ¿Cómo visualizaste a Juanillo antes de leer la descripción? Tal vez, su nombre te inspiró a un tipo con aire bonachón, campechano, pero ¿y si es un cabrón? Piensa en un personaje asesino, machista, violador, y de nombre Juanillo. Pues no, no queda bien, excepto si escribes comedia o si lo dices en inglés, Johnny. Y, pensándolo mejor, ni diciéndolo en inglés, por eso Anibal Lecter no se llamaba Johnny.

Es cierto que, en la vida real, nos encontramos con un montón de nombres que no se adaptan a la persona, a su cara, a su cuerpo, a su manera de ser. Que no digo yo que no hay por ahí algún Juanillo que sea malo maloso, pero los escritores estamos un paso más allá de la realidad y, por eso, tenemos que intentar que todo encaje para que el lector no se despiste.

Un nombre no suele mostrar a nuestro personaje al completo, sino que refleja la parte que más nos interese destacar. Tal vez, el diminutivo Juanillo nos está contando que ese hombre es el pequeño de varios hermanos y le siguen llamando así para que no olvide su posición en la familia. Otra opción es que su padre, Juan, aún esté vivo y sea la manera de diferenciarlos en las conversaciones. También puede hacer alusión a su tamaño, a su carácter.

El apodo nos ayuda a llevar al lector hacia la característica del personaje que nos interesa. En ocasiones, es más fácil que el lector identifique rápidamente y recuerde a un personaje por su apodo, en lugar de por un nombre.

Para elegir un nombre apropiado, hay que tener en cuenta varios aspectos, aunque, como siempre, depende de la historia. En un microrrelato, el nombre puede ser tan irrelevante que ni aparece, o tan importante que tardas más en elegirlo que en escribir el texto. En una novelette, donde intervienen más personajes, es importante identificarlos de alguna manera para que el lector sepa de quién hablas en cada momento y para que tú no te líes.

¿Cómo encontrar, entonces, el mejor nombre para nuestros personajes? En la segunda parte de este artículo, te hablaré de las diferentes estrategias que se suelen usar para dar nombre a los personajes.

Image by Settergren from Pixabay

3 comentarios en “Anti-Consejo: Nombres”

  1. Yo me divierto bastante con los nombres de los personajes de mis escritos. Por ejemplo, en la novela que estoy escribiendo ahora aparecen estos personajes:

    1. Onara: Una mujer entrada en años, corpulenta, alcohólica, pendenciera y violenta, que se caracteriza por golpear a su marido.
    2. Crepito Buffon: un militar de alto rango, encargado de mantener el orden en una ciudad sin ley, pero que hace la vista gorda debido a los sobornos que recibe del crimen organizado. Es un adúltero consumado, pues le pone los cuernos a su mujer, y a su vez tiene un rollo con una amiga de su amante. Pierde todo su prestigio una noche en la que, borracho, comenta a voz en grito sus peores chanchullos.

    Bien, ambos son personajes repugnantes, por lo que les pongo un nombre acorde. La mujer se llama Onara, porque significa “pedo” en japonés. El hombre se llama Crepito que viene del latín Crepitu (también pedo), y se apellida Buffon porque es un bufón, ya que tiene un final realmente patético. Me gusta poner esos nombres.

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