Relatos

El susurro

Acerca su boca a mi mejilla fingiendo un beso de amigo. Sus labios me acarician furtivamente y dejan sus palabras en mi oído con un tenue susurro, «te deseo». Se regodea en cada sílaba, sin prisa. Sus dedos coquetean con los míos, a escondidas, en un instante efímero, mientras decido cómo reaccionar. Miro alrededor, confiando en que nadie se haya dado cuenta de la situación. No puedo hacer nada por disimular la emoción en mi piel, que espera otro roce, un simple roce clandestino que la devuelva a la vida. 

Nadie más debe saberlo porque no soy una mujer libre. Soy el fruto prohibido, la tentación anulada por los años y las decepciones. Una tentación que ya no se da cuenta de que todavía puede levantar pasiones. Soy una sombra de mí misma que echa de menos las miradas y palabras lujuriosas de los que anhelaban una oportunidad junto a mí. Me he convencido de que ya no queda nada de aquella mujer deseada y, por lo tanto, que nadie siente interés por este cuerpo deteriorado, ni siquiera yo. Pero ese susurro… Ese susurro me ha devuelto la ilusión, las mariposas en el estómago, la juventud. Quiero más, necesito alimentar mi ego.

Poco a poco me va apartando de los demás; yo me doy cuenta y le sigo el juego. Ya a solas, en su casa, me mira a los ojos intentando perderse en mi mirada, convenciéndose de que ya no soy un sueño, su sueño. Acaricia mi pelo, mis labios, disfrutando esos primeros momentos como si no pudiese creer que está realmente conmigo. Sus pupilas se enganchan a las mías. Mi mente se debate entre lo correcto y el anhelo de volver a sentirme deseada. Sin darme tiempo a tomar una decisión, acerca su boca a la mía, muy suavemente, apenas la roza, consiguiendo estremecer todo mi cuerpo que, en ese preciso instante, decide dejarse llevar por las sensaciones anulando cualquier intento de cordura. Cierro los ojos.

Sus dedos empiezan a bajar por mi cuello, acompañados de sus besos, que vuelven a mis labios con más fuerza y pasión. «Te deseo», me susurra otra vez al poner mi espalda contra la pared, «siempre te he deseado». Puedo sentir sus nervios a flor de piel cuando sus manos se deslizan por debajo de mi camiseta, agarrando mi cintura firmemente, pero con delicadeza. Se detiene por un momento para entender todas las sensaciones que recorren su cuerpo. Mis uñas se aferran a él pidiendo con callados gritos que no me suelte; empiezan a descender lentamente, intentando que él disfrute tanto como yo de este momento de locura. Se para sobre mis pechos, deleitándose con cada centímetro de mi piel, dudando si debe seguir ese camino o si será mucha osadía. Sus caricias siguen subiendo por mi espalda, sus besos empiezan a bajar por mi escote, y me abraza con unas ganas que ya no necesita contener. Yo enredo mi pierna en la suya, apretando mi muslo contra su entrepierna. La sensualidad deja paso a la sexualidad. Nuestra respiración comienza a acelerarse, a hacerse protagonista con gemidos de un placer que no queremos reprimir más.

Mi mano agarra con fuerza el bulto de su pantalón, arriba y abajo. Su lengua ha llegado a mis pechos y recorre mis pezones mientras sus dedos se deslizan entre mis húmedas bragas. Mi primer impulso es cerrar las piernas, por vergüenza, pero él no cede el terreno conquistado. Me besa suavemente, «ya no hay vuelta atrás», dice para convencerme y, poco a poco, vuelve a tener el camino despejado para recorrerlo a su antojo. La vergüenza no se va, pero tampoco interfiere. Desabrocho su pantalón y le quito la camisa.

Nos tumbamos en la alfombra, desnudos, vulnerables, excitados como adolescentes en su primera vez, acariciando cada rincón de nuestros cuerpos. El ritmo vuelve a ser sensual, cálido. Ninguno de los dos quiere acelerar el final, no tenemos prisa. Tiene que hacer un esfuerzo por mantener sus instintos más básicos dentro de unos límites. Agarra mis muñecas sujetándome contra el suelo y sube mis brazos entrelazando sus dedos con los míos. Comienza la bajada, lenta y dulcemente. Mi espalda se curva como la de una gata en celo, mis uñas se clavan en su espalda dejando un rastro de pasión no contenida, muerdo su boca, le encierro entre mis piernas, cabalgo sobre su cuerpo mientras beso su pecho, su ombligo, su… Después, cambiamos posiciones y con su lengua me hace alcanzar un orgasmo que llena todo mi cuerpo. De pronto, somos uno. Puedo sentirle dentro de mí. Toda su pasión, su deseo, su lujuria guardada durante tanto tiempo para este momento. Todo lo puedo sentir mientras los movimientos de nuestros cuerpos se sincronizan. Mis caderas, otra vez sobre él, siguen su ritmo, hacia adelante, hacia atrás, en pequeños giros. Sus manos continúan recorriendo mi cuerpo y me agarran con fuerza cuando alcanza el clímax. 

Nos quedamos quietos, abrazados, mirándonos, acariciándonos. Apoyo mi cabeza en su hombro para que no vea las lágrimas bajando por mis mejillas. No quiero preguntas, no quiero pensar en respuestas; sólo quiero cerrar los ojos y sentir sus brazos rodeándome. Saber que hay alguien que ve en mí a la mujer que un día fui y que su piel se eriza con un simple roce de mi piel, me ha devuelto a la vida. Pero nadie más debe saberlo porque no soy una mujer libre. Soy la abnegada esposa que se ha cansado de ser invisible para su marido.

1 comentario en “El susurro”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s